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Desmitificar la economía china

Actualizado el 12-10-2012 | Agrandar | Achicar

Autor:Lin Yifu | Fuente:

  A lo largo del milenio anterior al siglo XVIII, China creó una civilización avanzada y brillante, pero en los 150 años posteriores se vio reducida a una terrible pobreza. Después del cambio de su economía a una economía de mercado emprendido en 1979, ahora China ha emergido de nuevo, convirtiéndose en la economía más vigorosa del mundo. ¿Qué ha impulsado estos importantes cambios?

  En mi reciente libro Desmitificar la economía china, señalé que en cualquier país y época la innovación tecnológica constituye la piedra angular del crecimiento continuo. Antes de la revolución industrial, la principal fuente de la innovación eran los artesanos y los campesinos. China tenía —y sigue teniendo— la población más numerosa del mundo, de ahí que contara también con el mayor número de artesanos y campesinos. Se explica así que a lo largo de la mayor parte de su historia unos y otros hayas sido los líderes de la innovación tecnológica y el desarrollo económico.

  Mediante los experimentos controlados que científicos e ingenieros llevaron a cabo en laboratorios, la revolución industrial reemplazó a la revolución tecnológica basada en la experiencia, acelerando el ritmo de desarrollo de los países occidentales. Este “cambio de paradigma” marcó el advenimiento del crecimiento económico moderno, pero también provocó la Gran Divergencia de la economía global.

  En China no tuvo lugar una transición similar, debido principalmente al sistema de exámenes imperiales, sistema que enfatizaba la memorización de los clásicos confucianos, de modo que la élite carecía de motivación para aprender matemáticas y adquirir conocimientos científicos.

  La Gran Divergencia trajo asimismo esperanzas: los países en vías de desarrollo podían aprovechar la transferencia de tecnologías procedentes de los países desarrollados para alcanzar un incremento económico aún más rápido que los precursores de la revolución industrial. No obstante, China no pudo aprovechar la ventaja de que le daba su desarrollo tardío hasta que comenzó a cambiar en serio su régimen de economía planificada.

  Luego de que el Partido Comunista de China asumiera el poder en 1949, Mao Zedong y otros dirigentes políticos, deseosos de invertir lo antes posible la situación de atraso del país, adoptaron la política del “gran salto adelante”, cuyo objetivo era establecer una industria avanzada intensiva en capital. Esta estrategia permitió a China realizar pruebas con bombas nucleares en la década de los sesenta del siglo XX y lanzar satélites en la de los setenta.

  Pero en China todavía predominaba una economía agrícola pobre, por lo que su industria intensiva en capital no poseía ventajas comparativas. Las empresas de este sector eran incapaces de sobrevivir en un mercado competitivo abierto. Su supervivencia dependía de la protección, las subvenciones y la orientación administrativa proporcionadas por el Gobierno. Tales medidas ayudaron a China a establecer una industria moderna y avanzada, pero los recursos no se asignaban adecuadamente y los estímulos se empleaban de forma distorsionada. La economía mostraba graves deficientes o, como se suele decir, iba tan deprisa que no llegaba a ninguna parte.

  En 1979, año en que China emprendió la transición a la economía de mercado, Deng Xiaoping adoptó la política práctica de la doble vía, en vez de la fórmula de privatización rápida y liberalización comercial presentada en el Consenso de Washington. Por un lado, el Gobierno continuó protegiendo temporalmente las áreas prioritarias; por otro, abrió las áreas intensivas en mano de obra a las empresas privadas y a las inversiones foráneas directas, áreas en las que China poseía ventajas comparativas pero que siempre habían sido frenadas.

  Esta política ha permitido a China lograr simultáneamente la estabilidad y un rápido crecimiento. De hecho, las ventajas del desarrollo tardío son sorprendentes: en los últimos 32 años han propiciado unos incrementos medios anuales del PIB y del comercio del 9,9 y el 16,3%, respectivamente. Este logro extraordinario basta por sí mismo como valiosa experiencia para los demás países en vías de desarrollo. En la actualidad, China ya es el mayor exportador y la segunda economía del mundo, habiendo más de 600 millones de sus habitantes salido de la pobreza.

  El éxito de China, sin embargo, no se ha obtenido a cambio de nada. La disparidad de ingresos ha aumentado, en parte porque en muchas áreas las políticas distorsionadas no se han suprimido, lo que incluye la posición dominante de los cuatro bancos estatales más importantes, unas tarifas por el derecho a extraer minerales cercanas a cero, el monopolio de las industrias principales, entre ellas la de comunicaciones, la eléctrica y la de servicios financieros, etc. Las desigualdades en los ingresos producidas por estas torsiones, problema legado por el sistema de la doble vía, han terminado inhibiendo el consumo interno y conduciendo a China al desequilibrio comercial, desequilibrio que persistirá hasta que el país haya culminado su transición a la economía de mercado.

  Tengo confianza en que China podrá continuar con su fuerte crecimiento a pesar del viento adverso de la crisis de la eurozona y de la atrofia de la demanda mundial. En el 2008, la renta per cápita de China era el 21% de la de Estados Unidos (medida por la paridad del poder adquisitivo) y equivalía a la de Japón en 1951, la de la República de Corea en 1977 y la de Taiwan en 1975. Entre 1951 y 1971, el PIB de Japón creció a una media del 9,2%; entre 1977 y 1997, el de la República de Corea aumentó a una media del 7,6%; y entre 1975 y 1995, el de Taiwan se incrementó a una media del 8,3%. Tomando en cuenta lo similar de las experiencias de dichas economías así como la estrategia de desarrollo seguida por China desde 1979, es muy probable que en los próximos 20 años ésta mantenga un ritmo de incremento del 8%.

  Algunos quizá piensen que China, con sus 1.300 millones de habitantes, es un caso excepcional y que su comportamiento es irreproducible. No soy del mismo parecer. Siempre que sepa aprovechar las ventajas del desarrollo tardío e introducir tecnologías de países desarrollados para actualizar las empresas nacionales, cualquier país en vías de desarrollo puede tener varios decenios de crecimiento continuo y rápido y, al mismo tiempo, una oportunidad parecida de reducir la pobreza en gran medida. Hablando lisa y llanamente, no hay nada que pueda reemplazar la comprensión de las ventajas comparativas. 

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